A pesar del sentido
negativo que solemos asociar con el concepto de estrés,
éste es un mecanismo mantenido a lo largo del tiempo
con el fin de garantizar la supervivencia. Gracias a él,
nuestro organismo se activa y puede responder de manera
más efectiva ante una situación de peligro.
Esta excitación debería tener una duración
igual a la exposición del suceso que lo desencadenó.
Una vez afrontada, el organismo debería volver
a su estado de activación normal.
Tampoco es correcta
la asociación del estrés exclusivamente
con situaciones extremas. Actualmente son pocas las situaciones
en las que debemos afrontar un peligro considerable para
nuestra integridad física. Sin embargo, a pesar
de la baja frecuencia de amenazas externas intensas, nadie
pone en duda que el estrés está muy presente
en la sociedad actual.
En general, cierto
nivel de estrés nos ayuda a afrontar mejor las
situaciones a las que nos exponemos diariamente. Este
efecto positivo del estrés moderado y puntual favorece,
no sólo a la calidad de las respuestas automáticas,
sino también a nuestro rendimiento cognitivo. Está
comprobado que un nivel de activación adecuado
permite mantener nuestra atención, mejorar la consolidación,
almacenamiento y recuperación de información
y generar aprendizajes más significativos y, por
tanto, más sólidos.
Desafortunadamente,
cuando el estrés se desencadena ante situaciones
que han dejado de ser controlables o que se extienden
demasiado en el tiempo, comienzan a aparecer efectos indeseables,
alterando el funcionamiento de los diversos sistemas de
nuestro organismo.
En los últimos
años ha crecido el interés por el análisis
y el abordaje de los efectos negativos del estrés
sobre el rendimiento cognitivo. Los datos obtenidos en
diversos estudios apuntan que la función más
vulnerable a padecer estos efectos es la memoria. Los
argumentos utilizados para reforzar esta hipótesis
son variados y, en general, complementarios, al describir
fenómenos que ocurren de manera simultánea
en el cerebro. En primer lugar, se señala la proximidad
y el alto volumen de conexiones entre estructuras involucradas
en los procesamientos emocional y de memoria; así
como la posibilidad de que una misma estructura asuma
ciertos aspectos de ambas funciones. Se trata, en su mayoría,
de estructuras situadas en la región interna del
cerebro, donde se almacenan aquellas funciones más
“primarias” que compartimos con otras especies.
En segundo lugar, se ha comprobado que la exposición
masiva o prolongada en exceso a hormonas que alteran su
equilibrio normal ante situaciones de estrés, puede
producir daños en estructuras vulnerables. En la
mayoría de los estudios se señala al hipocampo
como la zona más propensa a sufrir los daños
provocados por las hormonas de estrés. El hipocampo
es la estructura encargada de la formación, consolidación
y transferencia a zonas corticales de la información
relacionada con nuestras experiencias. Por tanto, la calidad
del procesamiento de esta memoria declarativa podría
verse afectada por las reacciones derivadas de la exposición
al estrés.
Es importante destacar
la diferencia entre el estrés intenso pero puntual
y el estrés moderado pero prolongado en exceso
en el tiempo. En ambos casos podemos encontrar alteraciones
en el funcionamiento cognitivo en general y de la memoria
en particular. Quizá el ejemplo más extremo
del primero de ellos sea el estrés agudo provocado
por sucesos intensamente aversivos o indeseados. El trastorno
por estrés post-traumático generalmente
cursa con alteraciones en la memoria, en muchos casos
provocados por la deficiente consolidación de la
situación estresante. En algunos casos el almacenamiento
y recuperación de esta información también
se ve afectado. Ante situaciones de este tipo, el organismo
desencadena una serie de reacciones que van desde la sobreactivación
del sistema nervioso autónomo, en su rama simpática
(incremento del ritmo cardíaco, de la frecuencia
respiratoria, etc), hasta la alteración en la producción
y síntesis de hormonas esteroides (glucocorticoides),
denominadas “hormonas del estrés”,
que van a afectar fundamentalmente al procesamiento hipocampal,
responsable del manejo del material asociado con información
emocionalmente significativa para nosotros.
En el segundo caso,
la exposición a un estrés menos intenso
pero mantenido en exceso en el tiempo, se observa un fenómeno
parecido al del caso anterior. En términos generales
podemos hablar de efectos reversibles y menos significativos
en el desarrollo neuronal (fundamentalmente la pérdida
de dendritas) y, en consecuencia, en la reducción
de las conexiones entre ellas. En este caso la memoria
se verá afectada de manera transitoria y se alterará
la codificación de la información puntual
y actual. Sin embargo, también se han observado
deterioros irrecuperables debidos a procesos de desgaste,
que incluyen la muerte neuronal en ciertas zonas del cerebro
y que producen alteraciones de mayor gravedad. Ambos tipos
de lesiones no sólo se han encontrado en personas
con un trastorno mental establecido (de ansiedad, del
estado del ánimo, psicótico, etc), también
se observan en personas que, sin tener un diagnóstico
psiquiátrico, se ven expuestas a un estrés
poco intenso, por tanto, con pocas posibilidades de ser
identificado como problemático, pero que se mantiene
en el tiempo durante un período excesivamente largo.
La exposición
a un acontecimiento intensamente estresante puede tener
un efecto negativo sobre nuestro rendimiento cognitivo.
Sin embargo, no podemos obviar que el estrés mantenido
durante un tiempo prolongado puede ser el causante de
dificultades a la hora de llevar a cabo tareas que impliquen
funciones como la atención, la planificación,
la expresión y, sobre todo, la memoria.
Fuente:
María Salazar García, psicóloga (saludmental.info)